Encrucijada
En mayo, UPN sumó el 27,44% de los votos en las autonómicas, sus peores resultados desde 1987, cuando obtuvo el 24,84%. Hace unos días, en las generales y en coalición con el PPN, logró el 28,93%, una cifra que no se veía desde 1982, año en el que se quedó, también en coalición con AP y PDP, en el 25,59%. UPN y PPN han perdido de las autonómicas de 2011 a las de 2015 el 24,8% de respaldo social, un descenso que en las generales -comparando 2015 con 2011- es casi idéntico, del 24,2%. Una cuarta parte de su electorado se les ha esfumado en apenas 4 años, están en registros de los años 80 y, sin embargo, parecen estar encantados de la vida, al menos en sus manifestaciones públicas. Sería suicida que este mostrarse tan felices de sí mismos y de sus resultados fuese cierto, más allá de que muestren esa táctica del niño que está contento porque le han pegado pero como al de al lado le han pegado un poco más -Bildu ha bajado un 33% con las generales de 2011 y Geroa Bai un 32%- a fin de cuentas está satisfecho, ya que le preocupa más el malestar ajeno que el bienestar propio, aunque ese malestar ajeno se ciña a un ámbito electoral no directamente relacionado con lo que se va a cocer aquí hasta 2019. Pero nadie en su sano juicio se puede creer que UPN pueda estar satisfecho con la deriva que lleva. Especialmente porque le quedan 3 años y medio de larga travesía, porque a pesar de que su implantación sigue siendo fuerte -y los descensos serían cada vez menos acusados- es obvio que el panorama político nacional y local ha variado como jamás antes y parece que quienes han llegado lo hacen para quedarse y, finalmente, porque las motos que antes se vendían con más facilidad puede que ya no sirvan en el futuro más cercano o al menos tengan una efectividad más baja y con una influencia mucho menor en el electorado que viene desde abajo y que sigue entrando año a año.