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Joaquina Miquele

son las seis de la tarde de ayer, día de Navidad, mientras escribo. Querría haber escrito el miércoles, por adelantar, pero el miércoles a las 7 de la mañana se murió mi abuela. Ya le pienso decir cuando la vea: joder, abuela, tuviste 98 años, 4 meses y 7 días para elegir morirte y eliges justo el día que quería adelantarme algo de curro. Casi nada suele salir como está previsto. Por ejemplo, mis hermanos, mis primos y yo jamás habríamos podido prever que íbamos a tener una abuela con la que convivir todos los veranos íntegros de nuestra infancia y adolescencia y la inmensa mayoría de nuestra edad adulta o cientos de fines de semana y días durante toda nuestra vida, que íbamos a tener en ella y durante tanto tiempo a alguien tan sumamente vital, una especie de segunda madre mayor, fuerte, dura, blanda, entregada pero exigente, cariñosa pero con temperamento, mimosa pero sin excesos, capaz de mantener una conversación sobre casi cualquier cosa, de discutir sin achantarse y de cuidar sin descanso a todos los que pasaron cerca suya nacidos entre 1870 y el 2015. Cuando tu abuela vive 98 años, en el fondo es como si hubieses tenido seis o siete abuelas diferentes. Vamos a echar de menos a todas ellas. Sus nietos y su hija que tanto la ha querido y cuidado, su hijo, su yerno y su nuera, sus biznietos y muchísima gente más que la vio cargar sobre la espalda elefantes e hipopótamos sin perder jamás el equilibrio ni pedir nada a cambio. Mi abuela ha salido cientos de veces citada en estos artículos, aunque nada de lo que he escrito ni escriba de ella le puede hacer justicia. Era pequeñita y mucho más grande que todos los papeles, letras y palabras. Si leyese esto se reiría y se subiría a alguna banqueta a buscar algo en una balda y gritaría ¡No hay cristiano que encuentre nada en esta casa! Nos va a costar mucho encontrar nada en estas casas, abu. Descansa.