Bien, hay personas que se rigen únicamente por los años naturales u oficiales y eso es muy lícito, con lo cual celebran cada año nuevo como si fuese un señor que llamase a la puerta y trajese en un paquete alguna clase de solución mágica a cualquier cosa, fundamentalmente personal. Suele consistir ese deseo en vencer perezas o incrementar la fuerza de voluntad: dejar de fumar, hacer más deporte, tener más tiempo para uno mismo y los demás, tener más en cuenta las cosas pequeñas -¡te acabas dejando los ojos!- y todo eso. En general, cambiar, a mejor. Viene bien que el año tenga 365 días, porque de este modo incumples tus propias promesas para el 15 de enero y así tienes otros 350 días para ir vendiéndote la moto, ya que sí tuviese 50 sería una constante decepción y no hay cosa peor que decepcionarse a uno mismo casi a diario. Yo hace tiempo que intento no hacerme muchas promesas, básicamente porque, por desgracia, me conozco bastante bien y determinadas cuestiones que he tratado de ir abordando me he dado cuenta de que cuanto más las pienso más nervioso me pongo y en peor disposición estoy de abordarlas, pero este 2016 sí o sí tengo que dejar de fumar, fundamentalmente porque quiero tener más boletos para poder ver los siguientes 30 Tours y al menos siete u ocho ediciones más de los Juegos Olímpicos. Pienso en cosas así porque si pienso en los asuntos importantes de verdad me ataco y me lanzo sobre el paquete de tabaco a mordiscos. Lo intentaré, en todo caso, por sexta o séptima vez, a ver si esta es la buena. Tal vez el 11 de enero, que Luka cumple 1.000 días. O el 14, que hará 17 meses desde que vi por última vez a mi madre. O cualquier día suelto sin ninguna clase de recuerdo emocional. Seguro que muchos de ustedes también lo intentan con algo que les atormenta. Ojalá encuentren la suerte y el coraje necesarios. Feliz 2016, qué coño.