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Persecución

Todos somos conscientes de que el cannabis no es beber agua -ni lo es el beber alcohol, ni fumar tabaco, ni consumir medicación a mansalva y muchos asuntos más perfectamente legales-, pero la persecución que se está llevando a cabo en Navarra contra los clubes de consumidores de cannabis es infame. Visité una vez uno de ellos, Le Club, y me pareció una idea fantástica: en lugar de acudir al mercado negro, mucho más caro, inseguro, generador de economía sumergida, mafias, etc, etc, los consumidores se organizaban y autorregulaban, producían su propio cannabis, se registraban, ofrecían todos los datos y registros a las autoridades pertinentes, lo adquirían en el club y obtenían y ofrecían muchas más ventajas. Esto es: peleaban por hacer del cannabis algo más controlado, sin todo el estigma que posee, un estigma que no poseen otras drogas como las antes citadas y con un enorme poder destructivo según en qué cuerpos caigan. Pues bien, hubo una Iniciativa Legislativa Popular para regular esos clubes y salió adelante, aunque fue recurrida por el Tribunal Constitucional. El precio que pagaron fue que, mientras se tramitaba, la Guardia Civil y la Policía Foral requisaron su cultivo en Sangüesa y la Fiscalía solicita 21 años de cárcel para 5 encausados, amén de 1,2 millones en multas. Bastantes parlamentarios visitaron el mismo club que yo visité, vieron y comprobaron cómo funcionaba, conocen de sobra la persecución a la que se somete a algunas de estas personas y en su interior saben que, aunque compleja, la iniciativa es positiva y que nada tiene que ver con el tráfico de cannabis, más bien lo contrario. Por tanto, es su responsabilidad ayudar a esta gente, denunciar los abusos y pelear aquí y en Madrid no digo ni mucho menos que por promover el cannabis -es una droga- pero sí que por colaborar con personas que buscan dignificar una realidad existente, guste más, menos o nada.