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Mikel Merino

No tengo duda de que ser presidente de Osasuna no es sencillo. Pero, vamos, tampoco es sencillo ser camarero, madre, columnista, estudiante, parado, joven o cualquier cosa. Todo depende del grado de autoexigencia y de las circunstancias propias y ajenas. Y ser presidente de Osasuna es, además, algo que se elige y se lleva a gala, o eso parece. O sea, que entiendo que dirigir el club cuando está en las horas más bajas económicamente de su historia es complejo, pero algunas decisiones hay que explicarlas cuando suceden, no a los años y en pequeños círculos. Como esto es así, y también porque el club está intervenido hasta las trancas por su deuda pública, me gustaría saber los motivos reales por los cuales vendemos a un jugador que tiene una cláusula de rescisión de 20 millones -y contrato hasta junio de 2018- por 3,7 más 1,3 posibles, por mucho que un punto del acuerdo indique que si viene antes de junio alguien con más dinero que esos 3,7-5 Osasuna devolverá al Borussia los 2 millones que el Borussia va a ingresar inmediatamente a Osasuna. Esto es: si la prisa por vender la ha tenido el club por necesidad absolutamente ineludible de tesorería o ha sido una prisa propiciada por el jugador y su entorno, un jugador que tiene contrato hasta 2018, que es el canterano con más talento desde Raúl García -superior a Monreal o Azpilicueta- y la joya total de Tajonar de aquí a posiblemente años: 5, 10, 15 o quién sabe cuántos. Creo que los socios de Osasuna, que han aguantado a este club a y sus dirigentes y sostenido al equipo, y también los navarros, que soportan el claro trato de favor que recibe, merecen conocer qué ha pasado en una operación en la que la inmensa mayoría de aficionados vemos una pérdida prematura de talento y opciones deportivas y una más que previsible y notable merma de futuros ingresos si se vendía a este jugador por ejemplo en junio de 2017.