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Culpable

Creo que hoy es el día en el que cierran los Carlos III y la verdad es que no tengo nada que echar en cara a sus dueños, en todo caso se lo tengo que echar en cara a la sociedad de la que formo parte, que poco a poco fue dejando de ir tanto al cine y ha permitido que se hayan cerrado cines maravillosos, como aquella sala de arriba de los Príncipe de Viana que era una obra de arte, o más recientemente los Olite, que ahí están, sin tocar, con la taquilla llena de envases y envoltorios, de la misma manera que los últimos carteles de los Iturrama permanecieron a la vista más de 17 años, como recordándonos a todos que ese sitio de los sueños que permanecía cerrado solo fue cerrado por nuestra culpa y nuestra voluntad. Y es cierto, yo el primero hace lustros que voy poquísimo al cine, ni siquiera cuando es claramente barato, sin que sepa muy bien la razón o si hay o no una razón, más allá de que la instalación total de internet en nuestras vidas desde hace 10 o 12 años ha cambiado por completo los hábitos de ocio. Antes reírte al unísono con 400 personas más viendo una película en una pantalla gigante era un momento impagable, ahora se tratan de buscar y encontrar sensaciones similares -aunque muy alejadas- conversando en las redes sociales o viendo una película en casa en el ordenador, gratis y sin moverse de la silla. Es imposible competir contra eso, de la misma manera que lo ha sido para muchas librerías o tiendas de discos y, en general, para todos los lugares que nos ofrecían ocio -salas de juegos recreativos, cibercafés, videoclubes, etc- excepto los bares. El director navarro Patxi Amezcua lo resumió hace unos días: “cerveza y ropa en lugar de espectáculo y cultura”. Me da pena por mis recuerdos, que son muchos, y los de miles de pamploneses, pero aún más por quienes todavía iban y sostenían esa bella utopía. Gracias, Carlos III. Y perdón.