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Haciendo equipo

Hace siglos tuve una novia que el día que me dijo que lo dejábamos me tuvo una hora de reloj esperando a que llegara, aunque me intuía que lo que me iba a decir no era muy alegre para mí. Cuando no había ni móviles ni Internet ni nada más allá de que de chiripa te localizases en el fijo de casa y quedaras para varias horas más tarde o quién sabe si incluso para el día siguiente los niveles de incertidumbre que te podían provocar intuiciones chungas de esa clase eran bastante altos. El caso es que la pobre -nos llevamos muy bien y años después me dijo que tardó tanto porque ni sabía muy bien por qué lo quería dejar, aunque quería, y no sabía cómo explicarse- al final apareció y cuando me lo soltó descansé. A los cinco minutos -y después- me jodió, ojo, pero me había pegado tanto rato nervioso sin saber qué hacer que cuando llegó y le vi la cara que lo decía todo me supuso un alivio. Pero esa hora de espera no se la perdoné, aunque la comprenda ahora. Que te dejen lo comprendo perfectamente, porque es algo mucho más subjetivo y que yo también he hecho, pero llegar tarde es imperdonable, no hay excusa posible salvo fuerza mayor. Bueno, el caso es que éramos muy jóvenes y no había ninguna maldad, esa maldad extrema que sí he visto en lo que hoy en día me ha recordado aquella escena de hace más de 20 años: que te despidan de tu empresa y te enteres cuando te llega al móvil un mensaje de tu banco. Es lo que ha pasado en TRW, trabajadores de años y años que sin previo aviso ni comunicación oficial se enteran por su banco de que les han ingresado la indemnización y les han despedido. Aún recuerdo al director en su comparecencia hablando de que solo “siendo un equipo” y con “cariño” y “confianza” se tendría futuro. Y no tienen ni el coraje que aunque fuera tarde al menos tuvo aquella chica para decir lo más importante a la cara. ¿Equipo? Anda a la mierda, farsantes.