De camino a la tarde
Una vez estuve en una obra de teatro de La Cubana en la que en lugar de decir “y ahora hacemos un descanso para quienes quieran ir al baño” dijeron “y ahora hacemos un descanso porque nos estamos fumando encima”. Llevo 73 días fumándome encima. Y me siento como en el descanso de una obra: fuera del tiempo, con un pie en el pasado, sin haber puesto aún el siguiente en el futuro y con un presente que no sabes muy bien aún en qué consiste, puesto que el poder de la droga que ya no está en tu cuerpo es tan grande que te ha convertido en alguien que vive como si no tuviese las seis marchas sino como mucho cuatro, en alguien que aunque ya hayan pasado más de dos meses sigue intentando evitar siempre que puede cualquier situación que le vaya a poner nervioso, en alguien que es capaz de recordar y sentir de una manera casi física asuntos vividos hace casi 30 años, los últimos instantes en los que aún no tenía nicotina ni en el cuerpo ni en los recuerdos. Ando, respiro, amo, cocino, escribo, hablo, leo, oigo música corro, veo crecer a mi hijo, juego. Sí, todo normal, pero es como si lo hiciese otro o el tiempo no se moviese, como si estuviésemos metidos todos en una bolsa enorme llena de aire donde damos vueltas en espiral, como una de esas mañanas de cuando eras pequeño que no había nada que hacer porque te habían castigado y te sentabas en la cocina mientras tu abuela planchaba y no cruzabais palabra y pensabas que tenía que ser por culpa de momentos así por los que las personas envejecían mientras en la calle los otros niños jugaban y hasta te llamaban y tú ni te acercabas a la ventana no fuera a ser que el castigo se extendiera hasta la tarde. Pero estoy contento, como cuando finalmente mi abuela me sonreía, como me acaba de sonreír pese a estar muerta. ¿A ustedes no les sonríen los muertos? Prueben a hacer algo bueno y que cueste esfuerzo. Y quizá llegue la tarde.