Síguenos en redes sociales:

En un momento dado

me hice a la vez de Osasuna y del Barcelona. De Osasuna era fácil ser. Era el de casa, al poco subió y durante 14 años no dio más que alegrías, todas las que puede dar un equipo de pueblo. El Barcelona, en cambio, era el equipo que salía en la tele, un poco como el utópico amor de Hollywood, y el que me tenía que llevar a las estrellas. Había días que el Barça jugaba con Artola, Zuviría, Olmo, Ramos, Alexanko, Paco Martínez, Estella, Landaburu, Simonsen, Ramírez y Esteban. Vamos, que tampoco era como hacerse hoy de los Warriors. En todos los 80 -hasta la llegada en verano de 1988 de Cruyff- esa entidad ganó un total de 5 títulos grandes, 3 de ellos Copas del Rey, una Recopa jujana al Standard de Lieja y una única Liga, la primera en 11 años y la segunda en 25 años. Entre medio, nos secuestraron a Quini, Maradona pilló hepatitis, luego Goikoetxea casi lo mata de una patada asesina, Maradona se marchó, perdimos una final de Copa de Europa, hubo un motín, tuvimos esperanzas puestas en un jugador que se llamaba Romerito, jugábamos los últimos minutos de los partidos que perdíamos con Alexanko -que parecía Robocop- de delantero centro... Los niños que éramos culés en los 80 tenemos el sistema nervioso central en pésimo estado, ya que además de eso el equipo de basket también perdía finales europeas como si no hubiera un mañana. Cruyff llegó en 1988 y en 6 años ganó 7 títulos, incluidas 4 Ligas, 1 Copa de Europa, 1 Recopa y 1 Copa. Recordemos que fueron 5 títulos de 1980 a 1988. Y que fueron 3 títulos entre 1970 y 1979. Está muy bien esto de que Cruyff cambió el fútbol y el de modo de jugar y tralarí. Y es cierto. Pero por encima de todo, trajo victorias. Cruyff enseñó a ganar a generaciones enteras de culés que ni sabían qué era o ni se acordaban. Nos dio orgullo y autoestima. El fútbol se puede quedar con su legado. Los culés nos quedamos con sus victorias.