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La plaza del pueblo

líbreme quien sea de asegurar que todos los empresarios son arpías sin escrúpulos que solo buscan beneficio -en Navarra el 90% del tejido empresarial lo forman empresas de 5 o menos trabajadores- o de afirmar que todos los trabajadores son almas de la caridad. Líbreme, pero líbreme también de no tener la obligación de saber que las herramientas de las que disponen tanto unos como otros llegadas determinadas situaciones son muy desiguales, unas herramientas que conforme va creciendo el tamaño de la empresa son más utilizadas y que en muchos casos incluso se fuerzan situaciones para que puedan ser utilizadas. Porque si no es imposible entender la noticia de que más del 50% de los contratos firmados en Navarra son de un día de duración. Esto no es una coyuntura, no es una excepción de la que se echa mano si no queda más remedio. Esto es un sistema estructural -y global- de funcionamiento que permite arriesgar menos -o nada-, disponer siempre de mano de obra dispuesta y muda y sin fortaleza alguna para plantear nada y encima ahorrar. El sistema entregado por completo en manos del empresario para que no exista prácticamente obligación o relación laboral más allá de lo que cubre la mínima legalidad. Un pacto libre entre dos, por supuesto, pero que convierte a miles y miles de personas en poco más que a ese vendimiador que todas las mañanas sale a la plaza del pueblo a ver si hay suerte y el patrón le escoge a él para trabajar ese día las vides. Más de la mitad de los contratos, cuidado. Únanlo a tasas altas de paro, paro de larga distancia desbocado, 1 empleo para cada 100 parados, la desigualdad entre salarios hombre y mujer más altos de España y cada vez más diferencia entre los salarios más altos y los más bajos, como recogía ayer este periódico. Nos pasan cada día más por encima y aún hay que darles las gracias por poder salir a la plaza del pueblo.