Me suele hacer gracia cuando ya fuera la anterior consejera de Salud -y la anterior- o el actual no levantan la voz acerca del presupuesto que les asigna su propio gobierno para sacar adelante el barco, unos barcos, los sanitarios, que cuentan con una en general muy buena tripulación y bastantes medios pero, eso es indudable, también mayor presión y dinámicas, legislaciones, inercias y déficits que o se arrastran hace décadas o aumentan conforme pasa el tiempo. No solo es que haya crecido la población -pese a los leves bajones de estos últimos años- o que se haya envejecido notablemente -con el enorme incremento de atención médica global que eso significa-, sino que también en general hacemos más uso de la sanidad y cada día aguantamos menos cualquier clase de espera, en esta sociedad en la que prácticamente todo es instantáneo. Esto lo cruzas con una crisis de ingresos bestial, cero plazas públicas ofertadas, escasa renovación humana y material y da como resultado un barco que avanza a duras penas, saliendo a flote gracias a la profesionalidad de la inmensa mayoría de los sanitarios. Y, ante estas situaciones, cuando hay más listas de espera de las lógicas -es el tema estrella ahora, con UPN no debía haber listas de espera?- o se deriva más de lo que se debería derivar -¿por qué se derivan tantas resonancias magnéticas?- ninguno se queja del dinero que le dan y siempre habla de “organizarse mejor”. No digo que organizarse mejor, priorizar y legislar no pueda traer a priori beneficios. Pero no podemos olvidar que el presupuesto en Salud de Navarra es el 5,4% de su PIB, más bajo que la media española y bastante más bajo que la media europea. Algunos países dedican casi el doble de su riqueza a la sanidad pública. Ocultar esto o no darle la crucial importancia que tiene es cambiar muy poco respecto a lo anterior. Hay que patalear más dentro y fuera.