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Aplastamiento

Claro, se corre el gravísimo riesgo de en ciertos momentos llegar a creer que la realidad es tal y como la reflejan, tal y como la cuentan, tal y como la presentan los medios de comunicación. Vas cogiendo de aquí y de allá, lees una portada por la mañana, ves un rato de tertulia televisiva al mediodía, oyes las noticias de la tarde y te acuestas con las de la noche y puedes llegar a la conclusión de que esto -todo- va a implosionar en cualquier momento, que no hay estructura capaz de soportar tanta corrupción, podredumbre moral, nivel político, nivel cultural y expectativas de futuro, las de un país que día tras día sigue levantándose con tasas de paro superiores al 20% y nuevos casos de corrupción en cualquier capa o lugar de la sociedad, mientras los políticos a los que se les votó -no había otros- no se ponen de acuerdo en nada y en la televisión siguen echando a la hora de comer un programa televisivo en el que varios tipos llenos de músculos con el cerebro entero en la polla intentan ligar con varias tías de plástico directamente lerdas y a la de cenar medio país ve un concurso de gente que cocina. Puedes llegar a creer que todo es así, que no hay manera de salir y que más pronto que más tarde va a colapsar -aún más- hacia dentro y van a tener que venir los cascos azules de la ONU a rescatar -sin violar a nadie- a los que queden para que quizá de los escombros pueda salir algo que llegue a ilusionar de nuevo, un algo que seguro que no va a ser ese Otegi que vuelve a revolverte el estómago por su falta de autocrítica y humanidad o esos aparatos policiales y centrales tan desquiciados que son capaces de perpetrar detenciones tan dantescas como las de ayer por pintar un mural contra la tortura. Confías en que la realidad no sea solo eso y que esos niños que cantan al entrar en la escuela sean mucho mejores que nosotros. O solo un poco, que ya es mucho.