No es mi trabajo -ni es honesto ni inteligente ni sano- ponerme de manera habitual o incluso esporádica a criticar qué hacen o dejan de hacer otros, cuando bastantes defectos tengo yo o el medio en el que escribo, suficientes como para mejor callar y tratar de mejorar. Pero ayer llegué a un punto de no retorno en el que me parece que tengo que mostrar de una vez mi total repulsa a lo que viene haciendo desde hace un año y pico Diario de Navarra en su última página, dando cabida a un columnista que firma con pseudónimo. No tengo nada contra el columnista -no lo conozco-, ni contra que lo que escriba me guste más o menos, ni contra el medio, me guste más o menos. Ya digo que yo cometo errores como el que más y habrá mucha gente que no pueda ni ver esta firma, cosa muy lógica. Pero al menos firmo con mi nombre, como hacen el resto de compañeros aquí y también en Diario de Navarra. Excepto el susodicho, que ayer por ejemplo y para manifestar una vez más su repulsa -en su derecho está- al euskera o a este gobierno o a todo lo que quiera mezclaba sin venir a cuento el nombre del pincho ganador, obra del Iruñazarra, tildándolo de “trabalenguas euskerico”. A mí cualquier opinión, exageración, etc, me puede gustar más, menos o nada, lo mismo que le pasará a quien lea esto, pero lo que como periodista me indigna es que se haga desde la impunidad del anonimato y desde un medio serio y asentado. Los periodistas estamos en mitad de una crisis que igual se nos lleva por delante a todos, lo que con prácticas como la que está permitiendo Diario de Navarra estaría hasta justificado. Insisto en que este medio y yo mismo también podemos hacer daño queriendo o sin querer. La diferencia es que anónimamente pero valiéndose de una plataforma de enorme audiencia se puede hacer el mismo y encima sin responsabilidad alguna. Y eso es detestable y todo lo contrario al periodismo.