la muerte de Prince va a durar en el frigorífico como mucho hasta mañana, poco más, a lo sumo y si la metemos en el congelador hasta que se sepan las causas exactas de su muerte permanecerá sin descomponerse algún día extra. Luego, el rodillo. Quedará sepultada por la inmensa apisonadora de la información relevante o irrelevante que se genera cada jornada en el planeta. Bowie ya está sepultado, como quedarán sepultados los siguientes en caer. ¿Quién será? Hay muchos, la lista de artistas universalmente reconocidos en Occidente nacidos entre 1920 y 1965 es enorme y la parca aún tiene bastante trabajo que hacer para cargarse a todos aquellos que desde los primeros 60 hasta aquí hicieron de la música un hecho cultural y social de unas dimensiones descomunales, un hecho que a día de hoy y desde hace unos años -¿5, 10, 15?- ya no sé muy bien cómo calificar o en qué modo afecta al mundo en el que vivimos, especialmente a la gente joven. Para mi generación y otras muchas anteriores y algunas posteriores, la música era básica en el día a día, era algo que no solo te gustaba y te traspasaba de arriba a abajo sino que incluso te definía -o explicaba- y formaba, una experiencia que podías compartir pero que era igual de intensa o más vivida en solitario, sin necesidad de imágenes de ninguna clase: la música y tú. El abismo que separa esto de la generalidad de lo que ahora ocurre, con una oferta infinita al alcance de sus móviles sin casi esfuerzo ninguno, supongo que también explica que la gran mayoría de los menores de 30 años no solo no sepan quién es Prince sino que además les cargue la cabeza tanta muerte y tanto obituario por parte de sus mayores. Pues estáis jodidos, majos, vais a pegaros los próximos 20 años igual, mientras escucháis vuestro puto reggaeton y esas baladas vomitivas o lo siguiente dominador que venga, que será incluso peor, por increíble que parezca.