“Una de las estrategas más finas del panorama político de nuestro país”. Diploma entregado por Pablo Iglesias, catedrático de Estrategia Política, a Uxue Barkos, presidenta de Navarra. ¿Halago sincero o sorna de arrogante? Barkos fue la promotora de la inviabilidad de una candidatura conjunta al Congreso de los Diputados en las elecciones de diciembre. Martínez se quedó con un palmo de narices y Podemos conquistó dos de los cinco escaños. Bildu recibió también su cura de humildad. Cualquier buen estratega hubiera aprovechado el rebufo del cambio foral para aglutinar a sus agentes en la marca con más opciones de favorecerlo en el Estado: Podemos. Ocasión perdida, que perjudicó a la lista unitaria para el Senado, apañada y aupada con tibieza. En su agenda de prioridades políticas, Pablo Iglesias se ha comportado con Navarra con la misma dejadez que cualquiera de los líderes nacionales. De hecho se disculpó por su visita tardía. Consecuencias de que la Comunidad Foral produzca una escasa cosecha de votos. Iglesias deslizó además un sutil reproche: la verificación de “los límites de llegar a acuerdo programático y aplicarlo una única fuerza política desde el gobierno”. La negativa a un gobierno de coalición fue condición inexcusable de la estratega Barkos para presidir el gabinete del cambio. Como ninguna sigla iba a romper la baraja, se lo pudo permitir. Consejeros de diferentes sensibilidades, pero nada de nombres rumbosos y visibilidad de partidos. Pablo Iglesias lo esgrime como aprendizaje para su reiterada exigencia de un gobierno plural en España, porque una cosa son los acuerdos y otra cuándo y cómo se pongan en práctica. La devolución de la extra a los funcionarios forales es el ejemplo más reciente entre las disidencias de estos meses. Iglesias reconoce “buena sintonía política para gobernar en Navarra”, aunque ve “difícil traducirla en acuerdo electoral”. Barkos no descarta ir con Bildu. Pacto de escarmentados.
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