Mérito versus valor
Imagino que algunos de ustedes habrán leído u oído estos días pasados la noticia de que el alpinista madrileño Carlos Soria ha hecho cima en el Annapurna, que con sus 8.091 metros es uno de 14 ochomiles del planeta, 12 de los cuales ya han sido ascendidos por el excepcional Soria, un portento de 77 años que ya hace 40 años se internaba en el Himalaya en las primeras expediciones españolas a ochomiles. El mérito de Soria es grande, muy grande, porque aventurarse por esas alturas y por esas dimensiones descomunales con 77 años es muy meritorio, pero hay una cosa que no podemos obviar desde el punto de vista deportivo y es que al menos este ascenso y el pasado al Kangchenjunga -y en varios más, como Everest o K2 como mínimo- los ha hecho utilizando oxígeno artificial embotellado desde el último campo, amén de sherpa de altura, lo que él no niega. No se trata de restarle todo el mérito, porque lo tiene y mucho, sino de ubicar el tamaño de su hazaña. Subir el Annapurna es siempre difícil y destacable, pero hacerlo con oxígeno desde 7.100 metros le quita mucho valor alpinístico, así de simple. Que Soria lo use para asegurarse mayores posibilidades de éxito y para mayor seguridad vital es perfecto, pero esconderlo en las crónicas o en los teletipos o en las noticias es también un fraude a quien está leyendo u oyendo. Subir con oxígeno artificial hace que se minimice el frío, el cansancio, el riesgo y que, en resumen, no subas allá por tus propios medios naturales. Antes -hasta hace 10, 15 años- el oxígeno embotellado solo estaba generalizado en los 3 ochomiles más altos, mientras que ahora es más habitual incluso en los ochomiles más bajos -9 de los 14 bajan de 8.200 metros- tanto en expediciones comerciales como en individuales o grupales, caso de la de Soria. Insisto, mucho mérito el de Soria, pero subir ochomiles con o sin oxígeno son deportes diferentes.