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La tribu

El viernes a las seis de la mañana Luka vomitó y, aunque no mucho, le pasó cuatro veces, con lo que la jefa de la tribu ya no durmió hasta que se tuvo que ir a trabajar, mientras el cachorro se quedaba dormido sin náuseas y roncaba feliz de 9 a 12 y yo hacía cosas por la casa con un sueño atroz pero sabiendo que no me iba a dormir aunque que me metiera en mi cama. O en lo que era mi cama, que ahora también es de Luka, más de él que mía, la verdad. En las tribus somos así: dormimos en manada. En casa dormimos todos en la misma habitación y en la misma cama y si uno tiene mala noche pues la tiene. La madre de Luka aún le da pecho cuando ella y él quieren y lo más cómodo para eso es dormir en la misma cama. Puede que haya gente que piense que es mejor que los niños de tres años duerman solos en sus cuartos pero es una opinión tan respetable como la de quienes creemos que es fantástico para él dormir así y que va resultar igual de autónomo, confiado y todo eso que dicen los libros que son los niños si duermen solos: salen todos como titanes. A mí, como padre, dormir con él me permite oírle cómo respira y oírle cuando se le escapa alguna palabra entre sueños. Oírle da tanta paz que compensa todas las incomodidades y cuando tengo miedo de que le pase algo -en ese instante, al despertar, a los 4 años, a los 49- pues le doy un beso suave en sus mofletes rebotudos y se me pasa. También hay gente que opina que la lactancia materna extendida es mala. Otros que maravillosa. Yo creo que todo lo que se elige libremente y con cabeza y con responsabilidad y según las posibilidades físicas y psíquicas de cada uno es bueno y que no tiene que venirte a comer la oreja ningún doctor que aconseja dejar llorar a los niños en la cuna o una política que habla de tener hijos como en las tribus. Sobramos gente opinando de lo que tienen que hacer los demás cada uno en su propia tribu.