Lo bueno que tiene el fuego es que es muy vistoso. No tiene nada que ver contemplar una cómoda vieja descascarillada sin cajones de color azulete o una mecedora de mimbre con el culo roto ahí tiradas en mitad del cascajo de piedras de un río que si te acercas con una hoja de periódico ardiendo -la prensa en papel jamás morirá- y le prendes fuego al conjunto. Al instante esa naturaleza muerta adquiere un tono, una composición y un fulgor que convierten el pasado abandonado y triste en un presente esplendoroso lleno de emoción y esperanza. Siempre y cuando no seas el clásico torpe que no sabe ni mantener avivado un fuego y deja ir muriendo las llamas, quemar cosas es mejor que no quemarlas, sin acritud. Yo en el pueblo cuando quemo cosas me aseguro por lo menos que voy a tener para una hora de espectáculo, sin pasarme de material al principio y sí contando con muebles viejos o trastos rotos o restos de arbustos cortados o hierba seca o ramas a mano para pasar un buen rato contemplando las llamas, a ser posible ya cuando cae el sol y se hace de noche. Ver un fuego de cerca es toda una experiencia y si además estás en mitad de un río al que tirarte si te entra el calor, pues mejor, al margen de que al estar casi en mitad del agua no hay peligro de que aquello se te desmadre. Los incendios es muy fácil que se desmadren. Lo asombroso es que a la vista de todo el mundo a una empresa se le permitiese acumular semejante cantidad de cosas susceptibles de ser quemadas, especialmente ruedas. Cualquiera que haya hecho hogueras sabe lo tóxico que es el caucho o el plástico, te arrasa la garganta y los ojos. Es lo que tiene vivir en un país en el que con razón te pueden meter un puro por hacer una hoguera enana pero nadie ha hecho nada -efectivo- durante años ante semejante despropósito ambiental y ha tenido que arder para que le hiciéramos caso. Qué vertedero este.