¡Te quiero Josejavier, coño, te quiero!”. No fue así. Esparza se encontró con un Rajoy mucho más contenido al rubricar de nuevo el pacto UPN-PP para las generales. En aquel recordado y significativo mitin valenciano, la luz mediterránea debió atravesar las brumas neuronales del presidente del Partido Popular, que tantos apoyos personales ha prodigado, a la postre vergonzosos. Tropelía mental por efecto del caloret. Pamplona es parada rutinaria en el protocolo de los pactos. ¡Qué pereza, Mariano!: apretones de manos, fotos, firma, discurso plano y convencional, y a otro sitio. Sin preguntas, claro. Secuelas de la ruptura del largo pacto de fusión con los regionalistas (1991-2008) y de la consiguiente refundación irreversible de la franquicia territorial. Navarra es uno de los puntos débiles en la geografía electoral del PP. UPN se garantiza escaños; el PP, apoyo inquebrantable. La suma de votos perfuma las pestilencias del socio. La política se exime de la ética. Ni digamos de la estética. Sergio Sayas, actual parlamentario foral, podría haber exhibido como pancarta su tuit de la víspera del día de los enamorados de 2014, cuando era secretario de organización y de comunicación de UPN: “Viendo a un PP que ha mangoneado en media España dar lecciones en Navarra. Qué poca vergüenza”. Tampoco se la da a Esparza el apoyo a un gobierno de PP (contumaces en recursos de inconstitucionalidad)-Ciudadanos (fobia al Fuero). Una Navarra menos foral y más española. Ya como presidente de UPN, Esparza era reticente a la renovación del pacto. El descalabro de mayo lo atribuía en parte al respaldo ciego a las leyes estatales del PP. Pero el sobresalto de diciembre y las nuevas perspectivas han aumentado en más de veinte puntos, hasta casi la unanimidad, el respaldo del Consejo Político de UPN a esta alianza de derechas. Como dijo Esparza, ”más allá de lo que diga el corazón, hay que pensar con la cabeza”. A ver cuál rueda hoy. Primarias.