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'Aprovechateguis'

Tengo delante el rostro lloroso de Albert Rivera mientras escucha historias de opositores venezolanos y no sé qué hacer con él, ni con el rostro ni con Rivera, aunque reconozco que los niveles de repelencia que me provoca él, llore o no llore, son incomparables en toda la historia de mi relación con políticos españoles, al margen de sus ideas y de las de todos los demás. Ese rechazo que reconozco carente de explicación racional crece hasta niveles nuevos cuando le veo llorar. Llorar es un asunto exclusivamente físico que tan pronto puede llevar tras de sí un dolor inmenso, eterno e insuperable como significar tan solo una breve respuesta del organismo a una emoción pasajera, respuesta que algunas personas son capaces de ir preparando en su interior a nada que se sugestionen lo suficiente. No sé qué le están contando a Rivera, ya que me interesa lo mismo Venezuela que hace 5, 10 o 15 años, que es nada. No formo parte de los que abrazan las políticas de otros países como si abrazasen a sus madres, ni tampoco de lo contrario. No me une nada con Venezuela, ni con el 99% de países del planeta. No es desafección, es la realidad. Me puede gustar más o menos o mucho o nada qué se hace en ciertos sitios, pero de ahí a sentirme emocionalmente de allá va un siglo, aunque sé que viste mucho. Cuando veo a Rivera llorar siento parecido nivel de asco que el que sentía por muchos que se autoproclamaban cubanos o revolucionarios sin haber pisado Cuba en su vida o siendo unos españolitos burgueses incapaces de pasar más de seis horas sin luz eléctrica. Te puede gustar lo que hace cierto país, incluso contra qué otra clase de gente pelea, pero de ahí a abrazar eso como propio va otro siglo. Rivera llorando resume todo el asco que me dan las personas de cualquier signo que se aprovechan -políticamente o porque viste- de un dolor y la miseria ajenas que ni conocen ni conocerán.