Ni las brasas. No quedan rescoldos susceptibles de reavivar aquellos incendios laborales en el cinturón industrial de Pamplona cuando los trabajadores de alguna empresa padecían problemas. Cuestión de días que la conflictividad se propagara por el tejido fabril y alcanzara a otros sectores productivos y ciudadanos. Paralización en fábricas y comercios, movilización en las calles. Ahora, ese tejido industrial parece confeccionado con material social ignífugo. Nada digamos de otros sectores de producción, peor pagados y más precarizados. La correa de la solidaridad estaba engrasada. Ahora, agarrotada. El miedo figura en nómina. El catálogo de derechos laborales engordó por la vía de la presión. Apenas quedan páginas vigentes. Las reformas han suprimido o reducido derechos. El empleado por cuenta ajena vive en la inestabilidad y en la precariedad; el trabajador autónomo -con el barniz semántico de emprendedor-, en la incertidumbre y las deudas. Esclavos del neoliberalismo político, de la voracidad del capitalismo y de una devastadora globalización. Los centros de decisión empresarial se han alejado mucho con respecto a aquellos tiempos de sagas de empresarios autóctonos. Perfil de la propiedad, desdibujado; estructuras societarias, complejas; ingeniería financiera, enrevesada. Los asalariados están divididos por diferentes condiciones contractuales. Algunas, indignas. Las condiciones de despido se han rebajado en motivos y abaratado las indemnizaciones. Los comités de empresa han perdido peso. Los sindicatos, rebeldía, vigor e influencia. En el primer mundo, trabajo temporal, barato y flexible, para empleados sumisos. En países pobres o en vías de desarrollo, esclavitud sin escrúpulos. Sólo números: menos costes, más beneficios. Sociedad blanda. La hemeroteca avergüenza nuestros comportamientos actuales. El trabajo “fijo y seguro” es “un concepto del siglo XIX” (Juan Rosell-CEOE). La lucha social murió en el veinte. Alerta.