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Marcharse al mar

Ayer tomé café con tres amigos con los que estudié Periodismo y por la tarde mi rival y yo teníamos reunión del colegio de Luka. Dos de esas amigas pelean en el mundo de las autónomas y el tercero es funcionario, después de haber hecho dos carreras, aunque dice que se está pensando si quiere pegarse sus siguientes 23 años de vida en un mismo trabajo, un pensamiento que en su caso es verdad, pues no es de los que banalice con cosas así. Les conté lo del colegio de Luka, que hace nada no estaba aquí, y llegamos a la conclusión de que no sabíamos cuál es el día más trascendente o cruel en la vida de una persona, si ese en el que cruzas por vez primera el umbral de un colegio -del que no saldrás en 12 o más años y de ahí a una FP o una uni o a un trabajo, pero ya no sales, chaval- o aquel en el que pagas tu primera factura. Las parejas jóvenes suelen ser felices con las primeras facturas, pero es la clásica felicidad que otorga la estupidez, algo que todos hemos sido y en lo que algunos seguimos, como bien me resumía mi rival el otro día, cuando íbamos de viaje corto y vi el mar, que no veía hacía un año casi, y le conté lo increíble que estaba -conduce ella- y si nos íbamos a vivir ahí, en ese mismo momento, y me soltó: el año tiene 12 meses y con suerte trabajamos 11 de esos 12 meses. Nos han metido y nos hemos metido en mitad de una carrera de ratas. 11 de cada 12 meses. Es de idiotas, lo mires por donde lo mires. No me contestó si nos íbamos a vivir ahí o no, pero tampoco hacía falta, porque sé que en el fondo ella viviría ahí o en cualquier parte, aunque, claro, ya teníamos elegido colegio para Luka y ayer había reunión. Tiene una pinta estupenda. La vida es asquerosamente corta. Confío en que Luka sea una de las cosas que aprenda allá dentro. Pero sobre todo a encontrar amigas y amigos con los que echar cafés 30 años más tarde y hablar de marcharse al mar.