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Me contaba mi hermano que en Massachussets (Estados Unidos) o en prácticamente todos los estados de ese país y también en muchas ciudades casi cada año se les ofrece a los ciudadanos la oportunidad de dar o no su visto bueno a bastantes iniciativas, algo que allá se llama ballout measures. Lo mismo se les preguntan tres cosas que ocho que doce, dependiendo de las iniciativas que hayan surgido y del número de firmas válidas que cada una de ellas haya tenido para convertirse en votable. Lo que se vota allá, va a misa, como se dice aquí. Esto es: se vuelve ley. Lo mismo si los homosexuales pueden adoptar hijos o no, que subir un 1% las tasas para recaudar dinero para escuelas, que prohibir utilizar dinero público para fines religiosos o los asuntos que en cada ciudad o estado hayan ido surgiendo de la mano de sus impulsores o promotores, siempre bajo la exigencia de unas ciertas cifras y la seguridad y la legalidad de todo el proceso. Así, miles de temas se han introducido localmente de manera directa por los ciudadanos, sin necesidad de tener que depender de ningún político. Esto, con sus especificidades, también tiene lugar en varios países del mundo. Aquí, por ahora, se ha podido votar el cartel de San Fermín, si hay o no vaquillas en Huarte o Barañáin y estos días a ver quién queremos que tire el cohete que da inicio a las fiestas del poblao. Todo ello de una enjundia acojonante, aunque sí es cierto que lo de animales maltratados sí o no tiene su importancia. Pero, ya digo que por ahora, en Pamplona la democracia directa se reduce a elegir entre el 3 o el 8 o entre una oenegé buena y otra mejor para hacer algo que nunca debería de haber de dejado hacer un simple empleado municipal. De momento, los políticos siguen teniendo todo el poder en sus manos y tampoco los nuevos parecen dar pasos para que no siga siendo así, más allá de lo folklórico.