Desde su irrelevancia parlamentaria actual, el PSN-PSOE aguarda expectante los resultados de sus compañeros en Galicia y País Vasco y espera silente los subsiguientes acontecimientos federales (futuro del partido) y nacionales (actitud socialista entre la formación de Gobierno y unas nuevas elecciones). El PSN nunca ha estado tan mal como ahora: quinta fuerza de siete en la Cámara navarra y un solo escaño de diputado. El declive es estrepitoso en el contexto español y pintan bastos en los comicios autonómicos de este domingo. Pedro Sánchez lo tiene muy difícil para conformar una fórmula aritmética suficiente y sabe que, con alta probabilidad, no sería el candidato socialista en diciembre. Sánchez acogió en su seno ejecutivo (secretario de Emigración) al fracasado Roberto Jiménez -premio a tantas sumisiones acumuladas- y promocionó como portavoz en el Senado a María Chivite, actual secretaria general del PSN. Este partido y UPN coexistieron muy cómodos en Navarra, con uno u otro en Palacio. Hasta que una mayoría social demandó cambio político, el PSN se comprometió a engendrarlo y, en última instancia, siempre lo abortó. Asumió lo que orgánicamente correspondía: las decisiones de Ferraz. Así le va. El estorbo para configurar gobierno es el necesario entendimiento con el independentismo. Por eso dejaron en reiterado ridículo la voluntad de su franquicia navarra y por eso complican la vida a Sánchez. Da grima escuchar las instrucciones del oráculo Felipe González. En Suresmes aseguró que no participaría en una “futura aventura juancarlista”. Aquel Congreso aprobó: “La definitiva resolución del problema de las nacionalidades que integran el Estado Español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas”. De modo que “cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos”. Evolución: de los valores, a la cartera de valores.
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