Aberración
He estado en cementerios con bastante más animación que las calles de Doha (Qatar), el lugar donde la Unión Ciclista Internacional decidió llevar el Campeonato del Mundo de Ciclismo, que se está disputando esta semana y que culminará el fin de semana con las pruebas femenina y masculina en línea. El Mundial de Ciclismo se celebra desde 1927, lleva nada menos que 82 ediciones y no es una carrera cualquiera: cierra la temporada, supone una victoria deseada al extremo tanto por clasicómanos como por vueltómanos y ofrece al ganador un prestigio enorme, aunque dudo que sea tan enorme como la cifra que en su día pusieron sobre la mesa los jeques qatarís para llevarse la organización de la prueba, ávidos como están de publicitar turísticamente el país. El caso es que las imágenes que se están viendo de las pruebas que se llevan celebradas son, con diferencia, las imágenes más tristes que jamás he visto de un acontecimiento deportivo de alto nivel: ayer, en la crono masculina, había del orden de 100 personas máximo a falta de 150 metros para la meta. El resto es, como la totalidad del país, un páramo, un sitio para las películas de Mad Max y para encontrar petróleo y gas natural, no para hacer carreras ciclistas. Porque -y no me pregunten por qué- no hay gente. No se ve un alma a los lados de la carretera, que es lo que otorga al ciclismo en ruta su condición de ciclismo en ruta, el tener espectadores a ambos lados animando a los esforzados corredores. Nada, es una ciudad fantasma, quizá el domingo los saquen a punta de pistola para que la imagen que se transmite al mundo al menos ese día no sea tan dantesca, pero el daño ya está hecho y supone una inmensa pena para los aficionados al ciclismo, que ven cómo el mercadeo se ha cargado una de las carreras más hermosas y esperadas del año, una fiesta absoluta. Una aberración cometida únicamente por dinero.