María Chivite y otros siete secretarios generales autonómicos del PSOE habían solicitado a la Gestora un cursillo exprés de tanatoestética, la titulación profesional que habilita para maquillar cadáveres. El fatal desenlace del último Comité Federal dejó al partido desfigurado y pretendían disimular los destrozos con una abstención instrumental de mínimos en la investidura de Rajoy. Pura apariencia. Fariseísmo. Navarra era la comunidad mejor preparada para presagiar el comportamiento de los socialistas desde que Mariano Rajoy esquivara el primer envite en diciembre y se abriera paso un arrojado Pedro Sánchez, mutilado por la prohibición orgánica expresa de contar con nacionalistas soberanistas y por el rechazo mutuo e irreductible entre Rivera e Iglesias. Navarra sabe cómo terminan estas cosas de los socialistas del PSOE: firmes y vista a la derecha. Aquí no pueden disimular. La hemeroteca los aplasta. El suspiro de alivio más hondo en la última noche electoral autonómica fue cuando se confirmó que el PSN no era decisivo en la formación de mayoría parlamentaria. Por poco, pero había perdido esa capacidad. Un profundo sosiego recorrió la columna vertebral de los defensores de la alternativa. Un escalofrío congeló a la triunfadora UPN. Un cuatripartito -más de cuatro organizaciones en realidad- se apiñó a pesar de notorias y notables diferencias ideológicas y estratégicas. Hasta permitió que Barkos hiciera de su capa un gobierno. Desde sus contenidas insatisfacciones al cabo de un año, nadie rompe la baraja. Ni la romperá. El PSN no quiso sumarse al acuerdo inicial, ha declinado posteriores invitaciones y, en la oposición, ha vuelto a estar cerca de UPN. También para el futuro reniega del nacionalismo. El PSOE se mantiene firme en el principio de la disciplina de voto. Otros, de más calado ideológico, los vulnera. El diputado del PSN puede estar tranquilo. La derecha es su giro natural. Aunque pongan el intermitente izquierdo.
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