Solidarios
Ayer vi la rueda de prensa de presentación de una carrera a pie en llano y sobre asfalto. Hago estas precisiones porque ya han comenzado las carreras a pie sobre campo -cross country, campo a través- y desde hace unos años se ha puesto de moda subir y bajar montes o colinas corriendo a toda hostia, a lo que llaman trail, y a los que van cientos de tipos y tipas con mochilas a la espalda y linternas si me apuras y se pasan horas y horas. Esta que salió es una carrera normal, de las de antes, que son 10 kilómetros, que no son unos que hacen una de 21,1 y para aprovechar el tirón montan una de 10 y otra de 5. Y, lo que más me impresionó, la carrera no es solidaria. Tengo prohibido correr por el traumatólogo, si no quiero tener dolor y la rodilla inflamada durante seis meses o más, pero me he apuntado. Que la carrera no sea solidaria me terminó de enamorar. Es que estoy hasta los cojones de las carreras solidarias, más bien de que no haya una sin excepción que no te venda que 1,5 de los x euros que vale correrla van destinados a no sé dónde. También estoy hasta los cojones de los bocatas solidarios, de las cenas autogestionadas y de toda esta mierda. Sí, sé qué el mundo posiblemente es un poquito mejor gracias a que no solo pensamos en nosotros mismos al 100% cuando organizamos nuestro ocio occidental, pero también me agota el buenismo imperativo imperante. De hecho, si leo en prensa una reivindicación justa pero en el orden del día leo la palabra solidaria-o o similar salgo corriendo. Ya si leo que hay batucada cojo el arma. No, en serio, está bien que se sea solidario con quien poco tiene, pero tampoco me parecería una insensatez que las carreras populares compartieran parte de esos ingresos generales con el deporte base, con equipos de atletismo o con las propias federaciones. Ayudar un poquito al entorno más cercano no es de malas personas ni de menos guays.