Síguenos en redes sociales:

Mis disculpas

Me critica un conocido que en mi artículo de ayer incluyera en los silencios clamorosos del pasado a los detenidos en Alsasua, cuando algunos de ellos eran chavales de 14 años la última vez que ETA asesinó. Y, sinceramente, tiene razón, no debí incluir a los detenidos en esos silencios -ni pasados ni presentes- cuando no los conozco personalmente y no sé si callan o no callan o si en su caso hubiesen o no callado ante el enorme reguero de dolor que fue causando ETA durante décadas y que envileció a esta sociedad hasta niveles inhumanos. Me lancé por los terrenos de las hipótesis y esos terrenos siempre conducen al error si hablas de personas concretas de las que lo único que conoces es que están injustamente encarceladas por, supuestamente, participar en una execrable -eso sí- agresión, agresión que del mismo modo es verdad que si tiene lugar 100 kilómetros más al sur ni los hubiese llevado a la cárcel ni por supuesto les hubiese supuesto ser acusados de terrorismo. Yo -como todos- puedo tener mi idea acerca de muchas cosas prefijada de antemano en la cabeza, algo en sí mismo peligroso, pero en casos así -duros- es cierto que ante el riesgo claro de equivocarme y también de hacer un daño gratuito a una persona a la que no conozco y que no se puede defender -y a su entorno-, lo mejor hubiese sido no mentarles. Mis disculpas por ello. Sí que en mi texto dejaba caer-y de eso no me bajaré jamás- que esta sociedad -y la primera y la que más la izquierda abertzale más radical- tiene un grave problema de asunción de sus errores y, posteriormente, de reconocimiento de los mismos, hasta habernos convertido en una sociedad experta en silencios, silencios en su día cómplices -como ahora los hay también cuando no se desprecia la actuación judicial en Alsasua- y hoy en día cuando menos cobardes. Y en todas las direcciones, desgraciadamente.