Bien dada
No es por fardar ni por pose ni por esnobismo, es solo la realidad, pero no sé usar Spotify ni sé qué es Juego de Tronos ni he visto todas esas series que llevan años triunfando ni sé qué es Netflix ni Uber ni un carro de decenas de asuntos que llevan ya muchos años instalados en el día a día de millones de personas. Vivo, como otros muchos, dentro de mi propio tupper, ni más orgulloso ni menos, solo que ahí entra lo que entra. Así que hasta hace unos días tampoco sabía qué era un youtuber, hasta que me enteré que son gente con más o menos talento que cuelga vídeos en YouTube -que eso sí sé qué es- y que según el éxito que tengan comienzan a tener seguidores y a fuerza de tener más y más comienzan a generar ingresos y de ahí la clásica rueda. La competencia para ser un youtuber de éxito, al parecer, debe ser enorme, como por otra parte sucede en casi todas las facetas de la vida en las que tener éxito depende del mayor o menor número de público que te siga. El caso es que me enteré porque uno de estos youtubers estaba grabando un vídeo que era un intento de ser graciosillo y con una cámara oculta hablaba con un currela en plena calle. En un momento dado, le llamaba Cara anchoa, ante lo cual el currela al principio no daba crédito y poco a poco se iba calentando y finalizaba dándole una torta con la mano abierta. El youtuber ha denunciado al currela. Yo, desde aquí, solo quería manifestar mi total apoyo al currela, decirle que se quedó corto, decirle al youtuber que es gilipollas -aunque eso ya lo sabe-, que retire la denuncia porque si sigue y condenan al currela pagaremos la multa entre los millones que apoyamos al normal y despreciamos al cara anchoa graciosillo. Sinceramente, prefiero seguir viviendo en mi tupper que abrirlo con el riesgo de ver cómo pululan moluscos y babosas de esta clase intentándose hacerse de oro. Qué asco de sociedad.