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¿Y en 2017, quién?

No resulta asombroso, como he leído muchas veces, que en 2016 hayan muerto bastantes iconos de la música -y otros representantes muy destacados de la misma- y alguno que otro del cine. Que hayan caído Bowie, Prince, Cohen, George Michael, Carrie Fisher, Debbie Reynolds y algunos más es solo una cuestión numérica. 2017 no va a ser mejor. Variarán los nombres -sería una pena que Cohen muriese dos veces- pero no la cantidad -lo lógico es que suba incluso-. El motivo no es otro que el hecho de que el rock como fenómeno global -desde hace 10 o 15 años hay 5 o 10 iconos, pero para de contar- es un hecho protagonizado por personas nacidas en su mayor parte en los 30, 40, 50 y 60, personas que ya están en los 80, 70, 60 y 50 años, muchas de ellas castigadas por vidas al límite, algo que también pasa en el cine. Las televisiones casi únicas que se veían en muchos países en los 60, 70, 80 y 90 convirtieron a estas estrellas de rock y cine en asuntos universales y por eso cuando mueren Bowie o Prince todos sabemos quiénes son aunque no les hayamos oído jamás, algo que no sucede ahora salvo en casos contados. En 2017 perfectamente pueden palmar Bono, Sting, Jagger, Madonna, De Niro, Harrison Ford y así algún que otro centenar más, leyendas todas ellas que irán cayendo como piezas de dominó de aquí al 2040 o así y cada año repetiremos eso de “¡vaya añito!”, cuando, insisto, solo se trata de pura estadística y probabilidades, puesto que la gente que arrasó las listas de ventas y las taquillas cuando estas eran millonarias de verdad y no un asunto casi solo adolescente ya anda la mayoría entre los 60 y los 80 años y si a eso le sumamos el clásico o la clásica que se adelantan un poco y dos o tres accidentes tontos y ya tenemos otro ramillete de mitos criando malvas. Deberíamos hacer porras anuales sobre esto y no lo de los Euromillones, que es un rollo. ¡Feliz 2017!