Romanticismos idiotas
Soy de esas generaciones que cuando bajaban a ver a Osasuna y salía un jugador joven sabían que al menos lo disfrutarían en el campo como mínimo 2 o 3 temporadas a pleno rendimiento antes de que algún equipo se lo llevara. Y de esas mentalidades que por mucho que entendamos que este es un club pequeño y modesto no terminamos de tragar -emocionalmente- que los jugadores de aquí a la mínima ocasión que tiene salgan del Sadar por piernas, cuando para la inmensa mayoría de los rojillos que jamás debutaremos ahí es el teatro de nuestros sueños y no hay nada más brutal que oír a ese estadio venirse abajo las noches épicas. Sé que esto que voy a decir es bastante poco inteligente desde el punto de vista deportivo y de aficionado rojillo, pero no tengo ganas de que vuelva para unos meses que se presumen del horror Mikel Merino. Sé que solo se vive una vez, que la oferta del Borussia sería muy tentadora y que posiblemente casi todos hubiésemos hecho lo que él hizo, pero la filosofía deportiva ochentera me impide entender cómo un futbolista de una ciudad que es casi un pueblo se va del equipo en el que ha jugado toda su infancia sin haber debutado aún en Primera y cuando aún tiene toda su carrera deportiva por delante para brillar, largarse y solucionar su vida y la de varios más. No es que no me gustase que Sabalza lo vendiera, es que tampoco me gustó que él se quisiera ir, a mi juicio tan pronto. Y, además, creo que el equipo hubiese sido muy distinto a como es y, aún con muchas dificultades, mucho mejor lo que ahora es, y que él hubiese podido obtener unas condiciones económicas buenas en Primera, porque todos éramos conscientes de que estaba a años luz del resto de compañeros. Si hay que irse a pique, nos vamos, pero, si por mí fuera, no con los que prefirieron irse del nido sin casi haber salido del cascarón, por muy rojillo que sea. Eso, en febrero pasado.