Síguenos en redes sociales:

A la moda

tengo 44 años y no he corrido aún un trail. Ni un trail, ni un half-trail, ni un kilómetro vertical, ni la Quebrantahuesos, la Larra-Larrau, la Irati Xtrem entera o la media o el cuarto, ni he hecho un solo triatlón, ni duatlón, ni de invierno siquiera, ni he cruzado a nado algún pantano o seguido algún camino jacobeo a toda hostia con otros 1.500 a 40 euros la inscripción, ni cruzado los Pirineos con una brújula y un foco halógeno en la frente ni el desierto marroquí en una bici de montaña de más de 6.000 euros ni, en general, realizado actividad deportiva ninguna surgida de la mente humana más tarde de 1985 y que se haya puesto de moda en los últimos 5, 10 o 15 años. Pero, al paso que va el tema, es más que posible que acabe participando en alguna incluso sin darme cuenta, cualquier mañana que coja la bici para ir a por el crío al cole o que salga 10 minutos a correr a ver qué tal va la condromalacia de mi rodilla izquierda y me vea en mitad de un pelotón de 700 que van uniendo todos los colegios desde Roncal hasta Sopelana o de otros 2.200 que vienen desde Toledo sin parar y van hacia Burdeos por Dantxarinea a relevos por especialidades y sexos y me atropelle esa marabunta y hasta me acusen de querer participar sin dorsal y sin pagar. El volumen de carreras, competiciones, pruebas, retos y así es de tal calibre que en mi franja de edad si no has participado en nada de esto puedes llegar a sentirte como el niño que no juega al fútbol en el patio y no sabe quién es Messi: ¿que no sabes qué es la Zegama-Aizkorri? Es una pandemia, los fines de semana huele tanto a linimento que desaparece el olor de los tubos de escape y el lunes abres la prensa y siempre hay 4 o 5 páginas de Deportes con los listados de los participantes en las carreras del finde y así va luego media ciudad, vestida permanentemente con pantalones de trekking. Es como vivir en el Decathlon.