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Su voz de oro

A Felipe le gustaba Leonard Cohen, mucho. La voz de Leonard Cohen era aflautada en comparación con la de Felipe. Cuando Felipe hablaba era como si la voz viniese desde el mismo centro de la tierra y hubiese tenido que recorrer miles de kilómetros antes de salir de su boca para decir algo, normalmente sensato y juicioso. No hablaba mucho, Felipe, era del sector discreto, observador y educado de la sociedad. Le gustaba más escuchar, leer y andar en bicicleta, en carretera y en ciudad. Le encantaba la bicicleta, sí, el Tour, los ciclistas, su novia, los libros, las buenas canciones, el periodismo lento, el rápido, el cine, la amistad. No fui amigo de Felipe, no porque me llevara unos cuantos años, sino porque la palabra amigo es mucha palabra, pero sí nos llevábamos muy bien y nos queríamos con ese cariño que se tiene con las personas con las que compartes gustos o visiones y, en su tiempo, también trabajos. Aunque no exactamente juntos, trabajamos en el mismo lugar un tiempo y él, junto a otros como Peio o Gerardo o Cristina o Kiki o Juanjo, siempre fue una gran ayuda para mí, siempre estaba en disposición de ayudarte con la responsabilidad, el exceso de trabajo o si te veía fuera de sitio. En todos los órdenes de la vida, que los jóvenes en sus primeros empleos se encuentren con compañeros y compañeras algo mayores que te hagan sentir bien, comprendido, apoyado y que te ayuden a ganar confianza aunque seas un inútil es básico. He tenido mucha suerte con eso y Felipe Rius Saleta fue uno de los que estaba ahí, haciendo que el niño que todos llevamos dentro no se pasara ni de listo ni de temeroso. Con su voz de oro, que te dejaba hipnotizado, te relajaba. Sé que se lo hice saber en vida y eso me reconforta un poco. Todos los que le conocimos y el periodismo navarro le echaremos de menos. Dice Dylan “he visto gente preciosa desaparecer como humo”. Felipe era uno de ellos.