Las rutinas habituales
Una de las manías históricas de la autodenominada izquierda abertzale fue la de irse apropiando de numerosos movimientos y reivindicaciones que excedían del campo habitual de sus demandas. En cuanto había algo que encajaba con su imagen y que podía servir para la causa, a tratar de fagocitarlo. Lo están haciendo ahora algunos, cierto que no muchos aún -especialmente en las redes sociales, no por ahora a nivel político-, con la manifestación del sábado en Pamplona, considerando que esas 50.000 personas eran un único cerebro y corazón que apoyaba lo mismo y en muchos planos. Y no, no se apoyaba lo mismo más que en lo primordial y básico: justicia, verdad y proporcionalidad y que no es terrorismo. Todas las derivadas situadas en los círculos concéntricos no eran ni son compartidas de igual manera, ni mucho menos. Muchísimas personas detestan -profundamente, en lo más íntimo, de siempre- que nadie agreda a nadie, como no apoyan a agresor de ninguna clase, sea quien sea, sino que apoyan que los agresores reciban un juicio justo. Lógicamente, esta apropiación por parte de algunas voces era esperable, porque no hemos nacido ayer, y, pese a ello y sabiendo que eso podía ser así, miles de gentes salieron a la calle, pero de igual modo que otros muchos miles decidieron no salir precisamente por la utilización -instantánea o posterior- que se hace de citas así y por la coincidencia con personas y entidades que nunca se han destacado por manifestarse jamás contra la infame violencia de ETA. Decisiones todas ellas -ir, no ir, dudar- que pueden gustar más o menos, pero todas con su base emocional e histórica muy respetable, tanto como las de quienes apoyan a los agredidos sin por ello esperar para los agresores penas de cárcel aberrantes, una posición que de lejos es la mayoritaria, por mucho que a ambos extremos de la cuerda haya quien siga tirando de todo hacia sí mismo.