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Imbatible

Soy meón, siempre lo he sido. El martes me tuve que ir en mitad del funeral porque no podía más, aunque ya había oído lo más bonito, que era lo que dijo su hijo Carlos y lo que dijo el cura, un cura guay que dice que la muerte es terrible y que nada de alegrarse y cosas así normales. Salí a la calle y busqué un bar en el que mear y en el camino recordé la de veces que de chaval llegaba a casa meándome encima y entraba a toda leche por la puerta de la cocina y ni me paraba a saludar a mis tías, que estaban allá en la mesa con las tostadas y el café y el palique. Justo les gruñía y volaba hasta el baño como si me fuera la vida en ello. Mis tías no eran mis tías pero así nos hicieron nuestros padres llamarlas y así las llamamos: la tía María Josefa, la tía Angelina, la tía Pili, la tía Begoña, la tía María Consuelo y mi madre. Todas eran sonrientes, pero lo de la tía Begoña era imbatible. La tía Begoña era imbatible en sí misma. A los 30 años, con 3 hijos de 6, 5 y 2 años, le dio una embolia que le dejó medio cuerpo tocado, una cojera de por vida, un brazo inutilizado de por vida y decenas de secuelas de por vida, una vida que ha estado muy cerca de escapársele varias veces y a la que se ha agarrado hasta el último día, siempre sonriendo -siempre es siempre- y siempre contenta, aunque por supuesto haya sufrido y padecido como no puedo ni imaginar. Pues allá estaba la tía Begoña después de que volviera del baño con su sonrisa: ¿qué dice Jorgico? Pues Jorgico, tía, dice lo que dice mi hermana y mi hermano y mis primos y primas hijos e hijas de esas tías que no son mis tías: que gracias por tu ejemplo, por haber tenido la suerte de conocerte, de quererte, de que nos hayas querido, de haber querido tanto a nuestras madres y que les des un beso a la tía María Josefa, a la tía María Consuelo y a mamá y que aproveché el café. Este ya no se os enfría por mucho que os riais.