El lunes volví a casa tras pasar tres días fuera. Como no sé conducir ni tengo carnet soy el encargado de avisar de los cruces y desvíos y así. Me encanta pasar horas mirando mapas y ahora también el móvil. Es fascinante comprobar cómo va avanzando el coche en el que vas sobre una pantalla en la que ves vía satélite las construcciones y los accidentes geográficos y las líneas discontinuas que marcan las separación entre provincias o comunidades. Cuando la ruta ya está clara y sé que no hay que avisar de nada en mucho rato, me pierdo visitando en la pantalla sitios que no conozco. Me gusta mucho revisar las líneas fronterizas y ver qué cae a un lado y qué a otro, mientras el coche entra a una nueva provincia, la sexta diferente desde que saliste esa mañana. ¿Cómo serán las personas que viven en ese pueblo, a menos de 500 metros de la muga con la comunidad de al lado? ¿Se parecerán más a sus vecinos geográficos o a sus conciudadanos legales, qué es parecerse? Así paso los viajes. Cuando era pequeño e iba con mi padre, cronometraba los segundos que nos costaba llegar de un poste kilométrico a otro. Ahora puedes hacer más cosas, pero sigo cronometrando de vez en cuando. Al llegar a Pamplona, le dije a mi rival que iba a dar un paseo antes de entrar en casa porque los viajes me dejan así más gilipollas que de normal y necesito mover un rato las piernas. Había banderas de Navarra en algunos pocos balcones y me acordé de que era día 3 y de diciembre y todo eso. Me eché a reír. Es que me parece excepcional el ser humano. Que haya seres humanos capaces de colgar en su balcón la bandera de su raya discontinua -o de su continua, los países están separados por rayas continuas- me resulta asombroso. O de llevarla en una camisa o camiseta o donde sea. Esas personas y yo vivimos en planetas diferentes, afortunadamente para mí y para ellas. Y por eso me río. Todos contentos.