Ahora le toca a Michael Robinson. Antes fueron tu tía, tu primo, tu médico, el vecino de arriba, el compañero de doblaje, tu madre, aquella niña preciosa del pueblo que se marchó con 6 años, millones de personas, de toda clase y condición, jóvenes, más mayores, con media vida por delante, zas, zas, zas, adiós. El cáncer. Ahora es Robinson, alguien al que aquí quisimos de verdad cuando llegó a Osasuna en enero del 87. Fueron apenas dos años y medio, pero lo suficiente como para cogerle un gran cariño. Tenía pedigrí, una sonrisa imparable, se dejaba -aunque muchas veces inútilmente y a sabiendas- el alma y era -como es- divertido y amigable. Ahora, Robin anuncia que se enfrenta a un cáncer que a priori no se cura y otra vez -la vez un millón- tenemos que leer u oír frases como esta batalla la vas a ganar o incluso dicha por él mismo “esta batalla tengo claro que la voy a ganar”. Los enfermos no ganan ni pierden batallas, ni ganan ni pierden guerras, los enfermos padecen enfermedades y en ocasiones esas enfermedades son controladas o incluso hechas desaparecer por la medicina y el destino y en ocasiones, no. El buen ánimo y la predisposición y la pelea con uno mismo y con la miseria son básicos para afrontar cualquier cosa, pero no son herramientas de un combate de boxeo que se libra contra las células enfermas ni su puesta en funcionamiento otorga poderes mágicos. Cualquier argucia que el enfermo use para animarse y soportar los tratamientos bienvenida sea, pero es una irresponsabilidad seguir llamado a esto batalla y hablar de ganar o perder o de vencedores o vencidos. Bastante tiene el enfermo con lo que tiene como para ser observado como un karateka, solo los mejores de los cuales seguirán entre nosotros y los menos animados, optimistas y guerreros caerán. Y no, no es así. Porque si fuera así el 95% de los que vi caer estarían aquí. Ánimo Robin y tantos.
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