Llenar la mochila de verano
quien no recuerda los veranos de la infancia. Esa sensación de euforia cuando llegan las vacaciones y tienes dos meses por delante sin más horario ni calendario que el que te vas marcando cada día. Esos años en los que la noche de San Juan, la mas corta, es una noche eterna, mágica y divertida junto a la hoguera, porque la vida no acarrea todavía sentimientos que quemar, ni promesas por cumplir, ni deseos imposibles, ni malos augurios que alejar. La infancia y el verano van de la mano y con el tiempo todos nos volvemos un poco niños a medida que tratamos de refugiarnos en el sol de estos meses para cargar nuestra ya desgastada pila de energía y buen rollo. Hay inviernos especialmente largos, mucho mas fríos que lo que marcan los termómetros, y nuestro cuerpo retiene esa frialdad a la espera de que el sol lo temple y podamos sentirnos mejor. Todos, los adultos vaciando nuestras mochilas de algunas cargas que nos pesan demasiado y los niños llenándolas de la ilusión por vivir intensamente experiencias irrepetibles. Llenar la mochila de verano. Una buena terapia. Ilusión y bocata, sobre todo para los más pequeños. Y es en ellos en los que hay que poner la atención en estos veranos cada vez más fríos por la crisis. Hemos llegado a tal situación de penuria que muchos menores no podrán meter apenas nada en ese equipaje estival, porque, por muy duro que suene, hay niños pasando hambre en nuestra misma ciudad, en nuestro barrio... y lo van a pasar todavía peor sin los comedores escolares donde algunos han podido desayunar en los últimos meses gracias al proyecto solidario de Gosariak. No se trata de excluidos sociales sino miembros de familias muy golpeadas por la crisis. Y es urgente actuar. Pero desde el Gobierno insisten en que la solución no pasa por habilitar esos comedores en verano, y quizás no la sea, pero no acaban de concretar qué hacer para que ningún niño pase hambre y está claro que con los mecanismos actuales eso ocurre, sobre todo en verano.