Llenar de vida los años
Cómo afrontar la vida a medida que vamos agotando las distintas etapas es una de la preocupaciones más comunes y universales. Cada edad tiene sus retos, sus problemáticas, sus sueños y sus fracasos, pero que en todas creo que es válida la idea que ayer se puso sobre la mesa en unas jornadas sobre Tercera Edad y salud de no pretender sólo vivir más años, sino que cada uno de los que vivimos esté lo más lleno de vida posible. La vida plena, ese gran reto. Plenitud que casi llega sola en la juventud, en la madurez, en ese tiempo en que todo el viento parece que viene de cara, aunque sople frío y de norte. No lo están teniendo fácil las generaciones que vienen. Lo vemos cada día. Su futuro ya no pasa solo por ellos mismos y saben que casi seguro tendrán que emigrar para poder encontrar un trabajo digno que les permita llenar de vida esos años de plenitud. Pero es cierto que la juventud es un aliado que se va perdiendo a medida que se deja atrás. Y entonces ocurre que de pronto llega ese momento de cambio de nuevo, de poder al fin dedicar el tiempo que antes no has tenido a vivir, en parte, todo lo que no se ha podido. Da vértigo pensarlo. Ojalá lleguemos y si llegamos ojalá que para entonces no hayamos dejado nada importante por vivir, ni pendiente en la lista de cosas para hacer mañana. Es mejor llegar con la cartera llena de buenos recuerdos. Puede ser, sin duda, la edad de mayor plenitud, pero también la más vulnerable, y más en una sociedad que tiende a considerar la vejez un problema, más que una parte esencial de lo que somos. Se calcula que en 2050 el número de personas mayores de 80 años, por el aumento de la esperanza de vida, se habrá multiplicado por 26 con respecto a 1950. Eso implica un nuevo modelo de atención sanitaria de las personas mayores, que no pase por concentrarlos en los pasillos de urgencias en condiciones poco dignas. A ancianos (viejos son los trapos) queremos llegar todos y todas, pero no de cualquier manera. Hay cosas que no están en nuestra mano, pero sí lo está el exigir, desde la niñez a la vejez, un espacio de atención propio que nos cuide y nos cure y nos garantice lo necesario para sentirnos bien.