Oteiza, Arco y el mundo del arte
No fue Jorge Oteiza un hombre de muchas entrevistas pero sí un hombre de palabra. Lo suyo era charlar, más que escribir, hablar con esa voz rotunda como quien trata siembre de imponer su tesis, convencido como estuvo de que su camino, el de ser contestatario ante lo que no le gustaba, era el correcto. Tuvo siempre una curiosa manera de descalificar al adversario, hasta hacerle sentirse pequeño ante su grandeza. Para muchos fue un genio, como pocos. No solo un escultor. “El hombre se define por lo que le falta: a mí no me faltan estatuas, luego ya no soy escultor”, decía. Un artista integral. Todo un revolucionario. “Sí, ya sé que soy un pesimista”, dijo en una de las entrevistas que concedió hace muchos años, “Pero os digo una cosa: para ser un revolucionario hay que ser pesimista. Pesimista, pero no derrotista. Sólo el pesimismo ante lo que hay te puede llevar a querer cambiar las cosas. Los optimistas se sienten satisfechos con lo que tienen”. Él no. Nunca estuvo satisfecho, por eso su biografía está tan llena de éxitos como de fracasos, de encuentros y desencuentros. Y me he acordado de esta frase, publicada en El cultural hace muchos años, al ver dos hechos artísticos de los últimos días. La escultura de Oteiza del parque Yamaguchi llena de pintadas, como un soporte más de la contestación ciudadana, la imagen misma del desacuerdo social o el vandalismo según se mire. Contradictoria sensación en una escultura durante años abandonada por las instituciones, como lo está la propia Fundación del escultor de Orio. Y la feria de Arco, que ayer abrió sus puertas, la cita anual con las galerías y artistas para pulsar el mercado del arte, un sector duramente afectado por la crisis que este año apuesta por el optimismo, dejando atrás el derrotismo de ediciones pasadas. Eso se traduce en un arte más reposado, menos contestatario, menos revolucionario en definitiva, un arte que no grite sino que se venda. Seguramente habrá algún Oteiza por la feria, y no lo digo por sus esculturas, algún artista pesimista ante su propio panorama. Al arte le pasa como a la macroeconomía, que dicen que está remontando, pero los artistas siguen malviviendo.