en varias de las novelas de Galdós forman parte del paisaje, de la ambientación, y en alguna como Miau hasta dan un paso al frente. Hablamos de los cesantes. Cuando el trabajo de alguien se define por el hecho de que a menudo cesa en él, no puede ser buen asunto. Y Galdós los retrata -con cariño pero sin tapujos- como unos pobres tipos pobres. En esencia, los cesantes eran los funcionarios de una época en la que no había cargos fijos en la Administración pública, por lo que todos ellos vivían el vaivén de la política: trabajo cuando gobernaban los suyos y paro cuando lo hacía la oposición.

Podría pensarse que los cesantes se extinguieron cuando a los finales de los años 20 se hizo fijo al funcionario que se lo gana -dicen que a veces se consigue sin padrino ni nada, en oposiciones limpias y neutrales, pero debe de ser una leyenda urbana-.

Sin embargo, en este nuevo régimen en el que vivimos ha surgido un nuevo sistema de cesantías. Y, esta vez, muy bien pagadas, sin paro y, salvo honrosas excepciones, sin horarios y sin dar un palo al agua.

El sistema lo implantaron y lo fueron puliendo con los años los grandes partidos, y tanto el PP como el PSOE lo practican a la perfección. Ambos tienen grandes ejércitos para ocupar cargos electos, y a toda esa masa a la que no logran colocar -y a algún familiar, y a algún compromiso- la convierten en asesora, que es un cargo de confianza -es decir, a dedo y sin tener que demostrar ni aptitudes, ni actitudes, ni honradez, ni na de na-.

Según diversos estudios -nada fáciles de hacer, porque el tema de los asesores se oculta todo lo posible- en España hay unos

16.000 o 17.000 y cuestan al año unos 900 millones de euros, lo que da un sueldo medio que supera ampliamente los 50.000 euros anuales. Y entre ellos todo cabe, incluso quien ha perdido su cargo en la Administración por corrupción y lo han resituado ahí, a seguir chupando del bote más discretamente... Que todo esto sea legal demuestra lo lejos que estamos de una democracia decente.