Somos todos tan limitados que creemos siempre tener razón. (Goethe)
Estamos viviendo una época de grandes profesionales del pesimismo. La imagen fugaz y violenta de nuestro tiempo ha agotado la sensibilidad de la sociedad. En el trono circular de la política, no se sienta con firmeza la esperanza, pero sí la sinrazón y su falsa anatomía de la existencia. Las cicatrices de la sinrazón actúan como recordatorios permanentes de la fragilidad humana, simbolizando las tristes huellas físicas, emocionales o históricas que dejan las guerras, la violencia política o los eventos violentos, irracionales o traumáticos. Estamos ante un debilitamiento poético de la existencia que nos habla de la pérdida de una mirada contemplativa, profunda y simbólica sobre la vida. La pureza, como fuego interior, como perfección subjetiva e individual, ha salido del refugio de la mente humana para errar por un mundo de suciedad existencial; pero un prolongado y hermoso milagro la hace renacer en la infancia de todas las generaciones, en esa primigenia ignorancia que esencialmente somos, dando al hombre la oportunidad de retenerla a su lado para embellecer nuestro tiempo cotidiano y metafísico, logrando que la enronquecida melodía del mundo no suene desafinada. Urge que la razón prenda como llama de una cosa en otra. Que se propague la verdad, que se desmande algo puro, batallador e ilusionante, dejando tras de sí toda brizna de mezquindad. Ser hombres y mujeres que algo bello se sacan del pecho para ponerlo en otras manos. El ser humano no se encuentra en esta sociedad en posesión de sí mismo, y se pierde en su propia libertad, descarriándola por sendas equívocas, fantaseando visiones pálidas de la vida. Todos sabemos bien que nos damos muy poco, y esa carencia de altruismo genera nuestro propio drama existencial. El altruista pertenece ya a un censo limitado de mitos, y eso no tranquiliza a nadie. El gran pecado del mundo está en el egoísmo que se alimenta de presas cándidas que aletean imprudentemente en los escaparates de la vida. La moral, asomada al vértigo del consumo, pierde enseguida la cabeza. Saltamos como agua en aceite cuando se nos pone ante el espejo de nuestros defectos, y sonreímos cuando alguien menciona alguna de nuestras virtudes. Se nos da muy bien el autoengaño y el individualismo, pero se nos da mejor la incapacidad para salir de estos círculos viciosos en los que tan solo tropezamos con los defectos ajenos. Dejémonos de centrarnos en la expansión de la miseria filosófica y reparemos en la belleza que nos queda, aun en los más áridos momentos. El solipsismo resulta estéril; la fuerza nace de la conexión con el exterior y con los ideales que nos trascienden. Los ciclos históricos se cierran por el agotamiento de los mitos y paradigmas, los cuales pierden capacidad para explicar y sostener la realidad de la sociedad actual. La verdadera soberanía reside en el ser humano y en el respeto por la libertad de pensamiento. Hay un tipo de sabiduría que consiste en saber discernir entre lo posible y lo imposible, buscando caminos viables hacia la armonía, apartándonos de la destructiva desesperanza. Sin ilusión, el presente se convierte en agonía. La alegría supone el triunfo sobre la negatividad de la experiencia, y es el paso fundamental para ensanchar nuestro potencial de actuación ante la vida. La sonrisa es un regalo diario que otorgamos a la convivencia, conscientes de que aliviamos el peso de las dificultades y cargas cotidianas que vienen de la mano de la conciliación familiar, la ansiedad, los trastornos del sueño, el estrés laboral, la falta de motivación y la baja autoestima. La conexión afectiva logra trascender la individualidad, favoreciendo un sentir común en la frontera líquida de las emociones humanas. La paz verdadera no pone sus metas en las pretensiones del yo y explora una existencia que va más allá de los egoísmos y las vanidades. El bienestar individual es incompleto si no logramos alcanzar la resonancia emocional que nos une con otros seres humanos. La vitalidad es un acto de rebelión existencial que nos permite abrazar la vida frente a una sociedad que va caminando sonámbula. La pasión y la intensidad vital conforman el motor de la creatividad. El vitalismo encuentra vías que conducen hacia la plenitud del espíritu. Necesitamos el entusiasmo emocional como fuente de energía indispensable para alcanzar metas que la razón, por sí sola, puede considerar inalcanzables. El estado de ánimo positivo es el caldo de cultivo preciso para la empatía. La felicidad alcanza cotas más elevadas cuando se convierte en un hecho social. Existe una conexión psicosomática en la que el bienestar emocional actúa como un mecanismo biológico que fomenta la salud del cuerpo. El altruismo es un manantial de gratificación inmediata que da valor a la acción por sí misma. La importancia del núcleo íntimo y la paz interior son los pilares de la felicidad. El acto opcional y activo de la percepción y la elección es una responsabilidad personal. Al llegar la noche, el sueño nos hace caer en una freudiana subconsciencia, en una negrura amparadora en la que podemos dar marcha atrás en la vida, huyendo de una realidad que nos asusta y que nos sumerge en la desolada sensación de estar viviendo en un mundo fracasado. La luna bohemia observa cada noche la irracionalidad que empobrece la existencia restando las dádivas de la vida, esos regalos inmateriales y entrañables que se disfrutan en plenitud al vivir con gratitud, desprendimiento y humildad. Nacemos, tenemos un tiempo de luz para experimentar el amor, y morimos. No aprovechar ese tiempo de luz constituye un claro síntoma de pobreza emocional. Se percibe en este siglo un cansancio y un escepticismo generalizado. Va siendo hora de arrinconar a la tristeza, esa musa de cabellos desmayados que siempre se va con los más solitarios, como una invasión que les sorprende indefensos. El amor, más que de la lírica, es cosa de la prosa cotidiana de la vida; del hombre buscando al hombre. Todo el amor que nunca aprendemos a devolver se nos viene de golpe, como un fracaso en nuestra misteriosa Vía Appia. Nuestras viejas sociedades, sustentadas sobre convenciones, están necesitando la refrescante brisa de la alegría de vivir, que deja atrás la nada sartriana e impide dar la espalda a la ilusión del futuro. Saludamos de nuevo a la primavera. Seguiremos estimulados por su luz y por las invisibles rosas de la tibieza humana que nos hacen seguir soñando con la hermandad verdadera y perdurable. Debemos seguir buscando un mundo en el que nadie sienta como propias las palabras de Neruda: “sucede que me canso de ser hombre”.