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La cultura sí debe ser prioritaria

El debate en torno a la continuidad o no del Premio Príncipe de Viana tal y como esta planteado en este momento no debiera quedarse solo en su vertiente política por la presencia de la Casa Real en el acto de entrega. El debate, sin olvidar lo anterior, debería aprovecharse como la puerta por la que por fin entrar a la realidad de la cultura en Navarra, asfixiada por los recortes y el abandono institucional, que tiene en este galardón y su deriva la punta de un iceberg mucho más profundo. Y sí es momento y por qué no ha de ser prioritario que se aborde la cultura como uno de los ejes principales de las nuevas políticas de cambio. No la cultura como derroche, que tanto nos han vendido, sino la cultura entendida como un derecho más de todos los ciudadanos y ciudadanas y no la cultura escaparate como fondo del retrato del político de turno que tanto daño ha hecho a los hombres y mujeres que trabajan en ese fascinante mundo del saber. Una cultura de contenidos, no de continentes. En un mismo día dos voces de prestigio como la de Ramón Andrés e Inma Shara recordaron precisamente la necesidad de poner la cultura entre las prioridades políticas. El premio Príncipe de Viana fue claro al referirse a este campo como “una forma de resistencia”, que tiene su razón de ser en su aportación a la conformación de una sociedad “más reflexiva y serena, más adulta, menos especuladora”. No solo habló sino que pidió ayuda ante la precariedad en la que viven quienes han decidido optar por “el difícil camino del conocimiento y el saber”, músicos, pintores actores, cineastas, historiadores... Y en esa mismo dirección fueron las palabras que por la tarde pronunció Inma Shara en la apertura de los cursos de verano de las universidades navarras. Los dos grandes especialistas en el ámbito musical reclamaron que la cultura se entienda desde toda su dimensión, como una terapia social, un pilar fundamental para el desarrollo, capaz de cambiar la sociedad a través de los sentimientos. La cultura como compromiso social, como revulsivo, como denuncia. La cultura como una disciplina que nos enseña a escuchar además de oír, a mirar además de ver, a entender y llevar a la práctica la armonía, tan necesaria en la vida actual, para sumar las diferencias y no restarlas. Los dos coincidieron también en la necesidad de que la educación no se quede solo en las disciplinas más técnicas, sino que se aborden otras esenciales en la formación del ser humano. La razón nos guía pero los sentimientos nos movilizan y nos hacen avanzar. Sin emoción no hay vida y la cultura es la mejor fábrica social de emociones colectivas.