Deambulando sin un lugar
Mientras los caminos de Centroeuropa se llenan de hileras de personas que huyen de las crisis bélicas y económicas, los hogares y los distintos dispositivos de acogida preparados por autonomías, ayuntamientos, entidades sociales y ciudadanos permanecen vacíos. Quizá estos no sean la solución, porque parece evidente que para ello hay que ir a las causas de los conflictos, pero las desgarradoras imágenes que desde esas zonas nos llegan estos días rompen el corazón y nos retrotraen en el tiempo llevándonos a otras fotografías igualmente tristes y dolorosas, aquellas no tan lejanas, en blanco y negro, las de los miles de refugiados, entre ellos muchos navarros y navarras, que tuvieron que huir a Francia en la Guerra Civil a causa de la maldad humana. También entonces la otra cara de la historia, la de la solidaridad entre iguales, escribió bellas páginas. La historia se repite. Pero, por desgracia, los tiempos van cambiando y no a mejor. A la canciller alemana, Angela Merkel no le tembló el pulso al decir que los inmigrantes que lleguen a la UE por razones económicas “hay que dejarles claro que se tienen que ir”. Que segura está de que ella no se verá en una de esas angustiosas filas caminando hacia ninguna parte. Y en un alarde de generosidad asegura también que todo el que llegue a Europa tiene el derecho a que se le trate como persona, faltaría más, pero no es así. El sociólogo y defensor de los derechos humanos Bauman aborda en Vidas desperdiciadas, con crudeza y sin anestesia, una de las paradojas más inquietantes de la modernidad “líquida”: la producción de una cultura de “residuos humanos”, que comprende, según este autor, toda la masa de “poblaciones de emigrantes, refugiados y demás parias”. Anteriormente, esta generación de “residuos” del sistema inhumano era desviada y reabsorbida por otros lugares a los que todavía no había llegado el proceso de modernización. En una época fue el Oeste americano, en otras Australia... Sin embargo, en las actuales condiciones de globalización, lo anterior se ha vuelto imposible: ya no hay sitio en el planeta para estos “vertederos in-humanos”. Millones de personas acaban deambulando sin patria ni lugar en el mundo, hacinados en campamentos precarios o luchando contra fronteras. El fenómeno relacionado con África ha llegado hoy a Europa. Las causas de este efecto perverso y denunciable del neocapitalismo son globales, pero sus consecuencias, locales. El reto es darle la vuelta desde lo local basándonos en otro valor sin fronteras: la solidaridad, la justicia social y la lucha política.