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El derecho de la mujer a decidir

Está bien que por fin los derechos empiecen a ser derechos, que algo vaya cambiando para bien en esta Navarra demasiado asentada en lo de siempre, como si la costumbre y el tiempo dieran razón a la sinrazón. En esta semana se han conocido dos importantes medidas que sin duda mejorarán la vida de los ciudadanos y ciudadanas. La vida de las mujeres por un lado, que podrán finalmente abortar en Navarra acabando con una injusticia histórica y la vida de muchas personas si se hace realidad el que la vivienda sea un derecho y no un negocio como ha venido siendo. Pero sobre todo la primera, cuyo efecto puede ser más inmediato, no es un cambio cualquiera; es el que permitirá recuperar la dignidad de la mujer y reconocerle por fin un derecho hasta ahora negado, para poder asumir una decisión siempre difícil al lado de los tuyos, en tu casa, en tu entorno médico habitual y no montada en el autobús o en el tren camino de quien sabe qué centro médico, ocultando tu tristeza e impotencia, curando tus heridas físicas y psicológicas en soledad, hasta sentirte casi como una delincuente al margen de la ley. Muchas mujeres que se han visto en esta tesitura lo recuerdan así, como un duro trance doblemente difícil y doloroso, no solo por la decisión en sí misma sino por las circunstancias en las que se veían obligadas a afrontarla. Que las mujeres navarras puedan abortar dentro del sistema de salud público no debería ser noticia a estas alturas pero lo es, como un reflejo más de las políticas retrógradas. El decreto foral que dará cobertura a la atención sexual y reproductiva, que incluye la práctica de abortos farmacológicos y quirúrgicos, supondrá garantizar la atención médica y el respeto a la privacidad y a la intimidad de las personas. En definitiva poner fin a las duras escenas de ataques que han vivido sanitarios y pacientes por el mero hecho de cumplir la ley y garantizar un derecho esencial. El aborto históricamente ha sido y todavía es una de las más importantes reivindicaciones para las mujeres, porque con él se pone en juego el derecho a ser dueñas de sí mismas y de sus cuerpos, en definitiva, a ser libres de decidir.