Ya no están en blanco
escribía hace apenas una semana en este rincón, que las estadísticas de 2016 estaban todavía en blanco, esperando acontecimientos, como una manera de decir que tenemos un año por delante para tratar de darle la vuelta a todo aquello que nos empañó el 2015. Pero ya no lo están. Tristemente algunas comienzan a llenarse demasiado pronto, como un mal presagio de lo que está por venir, como si no sirviera de nada poner el pie en el nuevo año con el convencimiento de que, seguro, éste será mejor. Como si nos quisieran robar el necesario optimismo vital con el que hay que afrontar lo que nos viene. Ese convencimiento personal de cambiar al menos lo que está en nuestra mano, o cambiar nosotros mismos si lo que nos rodea se antoja inamovible. Pero luego está el destino, que nadie sabe lo que será. En apenas quince días algunos de los puntos negros que nos acompañan desde hace años y que por muchas políticas y planes que se pongan en marcha aún no se han conseguido erradicar, han surgido de nuevo. Tenemos ya los primeros Eres de despidos en la mesa, con la tragedia que hoy supone el desempleo en un mercado laboral en el que demasiados empresarios, por suerte no todos, apuestan por crear empleo destruyendo el que hay o machacando las condiciones de los empleados y los nuevos contratados bajo esas palabras paraguas como flexibilidad salarial. Hay que darle la vuelta sí, pero no aplastando lo que queda debajo. Y sigue muriendo gente en las carreteras y pronto llegarán otras tragedias que se irán sumando a las cifras negras en este invierno, por fin un poco blanco, en un comienzo de año marcado por el maltrato a las mujeres con al menos siete mujeres muertas por violencia de género. Y no son solo cifras, son vidas arrancadas, vidas que seguramente brindaron la noche de fin de año por un 2016 distinto y mejor; por un año sin miedo; porque por fin la violencia dejara de vivir a su lado, en su casa, en su cama o fuera de ella acechando. Las estadísticas que recogen sus nombres se están llenando demasiado pronto como el reflejo del fracaso de la sociedad ante una de sus peores amenazas.