Se cierra una ventana a la vida
El cierre de las salas de cine Saide-Carlos III no es solo una mala noticia para los amantes del séptimo arte, para los nostálgicos que buscamos en la oscuridad de las salas esa luz mágica que ilumina nuevos mundos y que todavía el cine, como arte o como imaginario social, es capaz de prender; es también un nuevo toque de atención sobre el modelo de ciudad que estamos construyendo y la imparable transformación de la cultura en ocio y éste en negocio. Y cuando no salen las cuentas, mandan los números y allí donde antes hubo un cine de pronto hay apartamentos de lujo, o quien sabe qué se instalará ahora en este chaflán de Iruña. Una ciudad que ya en décadas pasadas desplazó los cines de los barrios al centro, de allí a la periferia y luego a los nuevo espacios de ocio del extrarradio, esos no lugares llamados centros comerciales. El cine es ocio, sí, y debe ser un buen negocio para que alguien se aventure en él. Eso es así, pero también es otras muchas cosas, o al menos lo ha sido para las generaciones en las que las pantallas de cine han funcionado como auténticas ventanas abiertas a mundos posibles o imposibles, capaces de despertar la imaginación colectiva. Hace años que la pantalla abandonó la sala de cine para entrar en nuestra vida cotidiana y ese quizás ha sido el cambio definitivo, el que nos lleva a estos nuevos modelos de consumo cultural en los que vemos y consumimos películas pero sin necesidad del propio cine como lugar. Hace años ya que las pantallas son el auténtico soporte de la imagen, detenida o en movimiento y ahí tiene que resituarse el cine, con toda la maquinaria de su industria, entre el móvil, la tablet, el ordenador, la televisión... No lugares cinematográficos en definitiva. Iruña, su centro histórico, se ha quedado sin salas, y solo cuenta ya con las de Golem en el barrio de San Juan, supongo que no con pocos esfuerzos de sus promotores, que también optaron por abrir salas en un centro comercial y llevar el cine allí donde la gente lo reclama. Porque esa es la realidad en la que crecen las nuevas generaciones, que no conocerán otro cine, porque no lo habrá. Desplazar la cultura siempre es un mal negocio con el que solo ganamos en incultura y desmemoria.