e ste año he notado menos el cambio al horario de verano. Me ha pillado de vacaciones en el Mediterráneo y eso siempre ayuda. El cambio de hora, en teoría para aprovechar mejor la luz solar, nació en Alemania en la Primera Guerra Mundial y pronto se extendió a Gran Bretaña y a otros países. Con la crisis del petróleo de los años setenta del siglo pasado se generalizó y en toda la Unión Europea está establecido por una Directiva. Sin embargo, son muchos los estados que lo han abandonado o que nunca lo han tenido porque parece que no está nada claro que realmente sirva para algo. Japón, Rusia, China, parte de Estados Unidos y otros muchos países no cambian la hora y viven tan campantes.

Se da, además, otra circunstancia que nos hace diferentes. El franquismo equiparó la hora de España a la de la Europa central, e, incomprensiblemente, eso no se ha regularizado en cuarenta años de democracia. Ahora, y hasta octubre, tenemos dos horas de diferencia respecto al horario solar. En Pamplona es la misma hora que en Varsovia, cuando la que nos correspondería sería la de Europa occidental, la de Canarias, Gran Bretaña y Portugal. Muchos expertos llevan años advirtiendo de la anomalía que supone este horario y de sus consecuencias en la vida de las personas. Todo lo hacemos tarde: levantarnos, acostarnos, estudiar, trabajar, comer... En Navidad a las nueve de la mañana no ha amanecido y en junio a las diez de la noche está de día.

Pero parece que algo está cambiando. Si hace unos años socialistas y populares se reían en el Congreso de los diputados del BNG que proponían la vuelta del horario oficial al que por nuestra situación geográfica nos corresponde, ahora el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos lo recoge explícitamente y el mismísimo Rajoy anunció el sábado que lo incorporará al programa electoral del PP. A ver si es verdad y conseguimos no estar a las doce de la noche siguiendo un pleno municipal o un partido de fútbol.