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Como un bote de pimientos

Esta semana el cine español perdía a una gran actriz, una mujer que ha dejado para la historia algunas de las frases más célebres de los últimos años, esas sentencias que acercan a la vida cualquier guión y que ella, desde su natural improvisación, bordaba como nadie. Chus Lampreave fue mucho más que una chica Almodóvar, la más madura de sus chicas; era esa voz singular y cómica que nos proporcionó inolvidables momentos de risa en situaciones envueltas en tragedia. Y lo hacia como pocos. El azar quiso que ella muriera el mismo día que el director que la encumbró, Pedro Almodóvar, presentaba su nueva Película, Julieta, otra historia sobre mujeres que hoy llega a la salas, aunque esta vez el verdadero papel lo tenía el, o mejor dicho era protagonista de “los papeles de Panamá”, en los que su clan aparece citado en un posible delito fiscal impropio de un cineasta de su discurso. Ya no te puedes fiar de nadie, está claro. Pero de todas las escenas que actriz y cineasta rodaron juntos yo me quedo con una, quizás por cercanía personal, y seguro que quienes han convivido o conviven cada día con un familiar mayor, su madre, su padre, su tía, su abuelo, su abuela... entenderán lo que digo. Es una escena de la Flor de mi secreto en la que Chus, en el papel de madre, se enzarza en una discusión con su hija con la que vive, no la escritora que está fuera, sino la hija con la que pasa cada día en esa siempre difícil convivencia intergeneracional. La escena es simple, pero muy clarificadora de cómo a veces los pequeños detalles nos sacan de quicio y acabamos discutiendo sin razón dejando muy tocados los verdaderos sentimientos. Chus Lampreave busca un bote de pimientos y no lo encuentra y le acusa a su hija, Rosy de Palma, de habérselos escondido, como según ella le esconde otras cosas... ante el desquicie de esa hija que adora a su madre pero es incapaz de no enfrentarse en una absurda discusión por un bote de pimientos, que mañana será por otra cosa y así día tras día. Esos pimientos son una buena metáfora de cómo en la convivencia a veces nos enzarzamos en lo absurdo sin atender lo esencial, como si la vida fuera no ya como una caja de bombones que decía Forrest Gump, sino como un simple bote de pimientos.