La guerra, con su brutalidad, su coste en vidas y el deterioro de la ética humana, sigue siendo guerra mientras no se impone un estado de paz. Todo lo demás son treguas frágiles, ceses de fuego precarios o simples pausas tácticas en conflictos que continúan vivos bajo la superficie. Eso es lo que revelan, con crudeza, los altos el fuego supuestamente vigentes en el Golfo Pérsico y en Líbano. En el primero, los ataques a la navegación mercante en el estrecho de Ormuz demuestran que la escalada no ha desaparecido; en el segundo, los bombardeos diarios del Ejército israelí sobre el sur del Líbano confirman que la violencia persiste aunque se la disfrace de contención. Llamar paz, o siquiera antesala de la misma, a ese escenario es una concesión al lenguaje de quienes manejan la intensidad de la violencia.
La ficción de una baja conflictividad, que se sostiene en la perspectiva de procesos negociadores dilatados, no acerca a la estabilidad: la erosiona. Cuanto más se prolonga la ambigüedad, más margen gana quien tiene objetivos militares definidos y menos peso adquiere la diplomacia. Netanyahu lo entiende bien. La ampliación de la ocupación sobre suelo de un Estado soberano no es una reacción defensiva, sino una estrategia de hecho consumado. Y cada día que pasa sin un marco político sólido, la ocupación se normaliza un poco más. Europa no puede seguir observando estos procesos como si fueran ajenos porque no lo son. Afectan a sus suministros, a su seguridad, a su economía e, incluso, a la credibilidad de su proyecto político. Una Unión que aspira a defender derechos, bienestar y democracia no puede limitarse a emitir comunicados mientras otros redibujan por la fuerza el mapa regional. La ausencia de voz europea en el concierto internacional es cada vez más sangrante.
Y el desgaste del sistema de derecho internacional que un día representó la ONU, con todas sus carencias, tendrá un coste severo: menos garantías para los pueblos, menos calidad democrática en las relaciones entre Estados y una vida más expuesta a la lógica del miedo y la violencia. Y, por encima de todo, el intolerable coste humano de guerras que podían evitarse y que responden a conveniencias muy concretas de los agresores, que repiten el patrón de imponer fuerza a falta de legitimidad. En Ucrania fue Putin; en Irán, Trump; en Líbano, Netanyahu.